jueves, 8 de septiembre de 2011

La retrospectiva de Steve McCurry en el Solleric

Con cierto retraso (más bien en el último momento) fui a ver la retrospectiva del fotoperiodista estadounidense Steve McCurry, organizada por el Casal Solleric, que se expuso hasta el pasado domingo.

Lo peor:

- que la archiconocida foto de La niña afgana estuviese detrás del tipo de seguridad

- que el reflejo del cristal de las fotografías enmarcadas (suerte que eran una minoría) no dejase ver la obra con claridad


Lo mejor: todo lo demás.

Cualquiera que se plante ante el trabajo de McCurry queda maravillado ipso facto. De hecho, es una de las exposiciones más multitudinarias (sin pasarse) e intergeneracionales que he visto en Palma últimamente. El fotógrafo tiene el don de conjugar con maestría la crudeza de las situaciones que fotografía con la sensación de irrealidad que asalta al espectador al contemplarlo. McCurry retrata escenas sin artificio, pero su ojo crítico consigue elevar a personas anónimas a la categoría de protagonistas.



La temática social tiene mucho bombo, pero considero que lo mejor del trabajo gráfico de McCurry reside en la autonomía que consiguen cada una de sus fotografías, que transforman aquello cotidiano en escenas únicas e irrepetibles.



Además, destacaría por encima de la maravillosa captación del color, las composiciones de cada imagen, que queda completamente depurada de aquello innecesario.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La detective miope de Rosa Ribas

La detective miope es un soplo de aire fresco para un género tan machacado como es la novela detectivesca. Los personajes, cocinados a fuego lento con mucho mimo, tienen un carisma personal propio; de hecho, se echan en falta unas cuantas páginas más para poder llegar a conocerlos a fondo.

La premisa va más allá del tópico correcto -alguien asesina al marido y a la hija de Irene Ricart, que inicia sus pesquisas desde una agencia de detectives para descubrir a los culpables- y sitúa a nuestra protagonista a las puertas del psiquiátrico en el que ha estado internada durante meses. De un modo alarmante todas sus teorías le resultarán al lector lógicas. Basándose en la teoría de los seis grados, que establece que esa es la distancia que nos separa de cualquier persona en el mundo, Irene retoma su trabajo en una agencia de detectives presuponiendo que la resolución de sus cinco primeros casos y prestando atención a las señales adecuadas, llegará hasta el asesino de su familia. La guinda que corona el pastel: el shock postraumático le arrebata las dioptrías a un ritmo alarmante. Cómo no encariñarse con la protagonista.


El telón de fondo es la cara b de Barcelona por la que desfilan, con total naturalidad, personajes tan insólitos como una cantante calva o un abogado con un ojo de cristal, en una trama de chantajes y engaños donde todos están hundidos, hasta las rodillas al menos, en los asuntos más turbios de la ciudad.


Irene va tirando del hilo mientras la novela se va desarrollando de una forma coherente y sin artificios.